Opinion
  • Por Carolina Mitriani – Secretaria FAPED

“No te lo puedo explicar, porque no vas a entender”, reza la canción que se convirtió en himno en aquella conquista de Qatar 2022. Y no se trata sólo de entender la pasión futbolera de Argentina, sino también de todo lo que arrastra cada movimiento de la número 5.

Las semifinales de la Copa del Mundo 2026, frente a Inglaterra, volvieron a poner en relieve la imposibilidad de explicar el sentimiento albiceleste. Porque si bien desde lo deportivo era esperable un partido de alta intensidad, dadas las características de ambos equipos, resulta inconmensurable la posibilidad de que alguien ajeno a esta Patria entienda lo mucho que implica este cruce. Y sí, una cosa es la guerra y otra es el fútbol. Y sí, aquel partido fue poco después de la disputa por las Islas Malvinas. Y sí, son Malvinas, no son Falkland; y sí, no son inglesas, son argentinas.

Para quienes no vivimos el conflicto bélico que se desató en 1982 por la irresponsabilidad de un gobierno de facto, que se llevó la vida de 649 jóvenes en el suelo más querido de la Patria en la extensión y cientos mas a causa de las secuelas de la guerra y el olvido, resulta imposible -aunque queramos- saber lo que se sintió en aquella jornada en la que Diego Armando Maradona vociferó en la arenga “vamos, que estos HDP nos mataron a nuestros pibes, nuestros amigos, nuestros vecinos”.

Créditos a quien corresponda.

Lo que hoy vivimos fue apenas una muestra, seguramente, de aquel sentimiento. Aquella coronación de gloria no sólo tenía el contexto del cruce en un momento clave de la línea temporal, sino que también pasaría a la historia con los más emblemáticos goles de Maradona: la mano de Dios y el poético gol del siglo. Cuatro minutos separaron apenas a estas dos obras de arte en el suelo del Estadio Azteca, sintetizando la rebeldía y sed de revancha que distingue a la idiosincrasia argentina. Y fueron apenas cuatro años los que separaron el horror del desahogo. A través del Diego de la gente -como le gustaba definirse- un país entero encontró una manera de abrazar un dolor que todavía no cicatriza, que nos recuerda que los símbolos le pertenecen al pueblo.

Que el fútbol no debe mezclarse con política dirán, como si el fútbol no fuera en si mismo un hecho político. Como si la vida pudiera no estar atravesada por la política en cada paso, en cada respiro. Y en eso trascendió este partido, que fue más que un escalón hacia el camino de la defensa del título para Argentina. Fue un cruce que reavivó la sed de revancha. No una revancha bajo fuego -porque ninguna victoria deportiva puede compararse con el horror de la guerra- sino una revancha emocional, simbólica, cultural. Poder mirar de frente al poder colonial y demostrarle que estamos acá, insoportablemente vivos, en memoria de aquellos que son carne de nuestra historia, que quedaron como eternos centinelas. Recordarles que nadie puede hablarnos de olvido, de renuncia, de perdón. Y que donde flamee la celeste y blanca también arderá la memoria que le recuerde al mundo entero que las Malvinas son argentinas. 

Créditos a quien corresponda.

Si parece absurda la comparación de un partido con una guerra, más absurda debe parecer la apropiación de un territorio a 12.786 kilómetros de distancia. Por eso en el verde terreno se siente también un batacazo contra el colonialismo, de la elegancia contra el barrio, del perfecto césped contra el barro del potrero, del té de las 5 en punto contra el mate, de los inventores del fútbol contra los que lo llenaron de pasión. Un huracán contra un pequeño gran gigante de 39 años, que dice que todavía el último tango no se ha bailado.

El proceso de desmalvinización fue una estrategia -dolorosamente articulada desde nuestro suelo- orientada a empujar a las Islas Malvinas y territorio del Atlántico Sur al olvido. De hacer entrar por la puerta de atrás a quienes pusieron el pecho por la Patria, de posicionarlos como cobardes, como insuficientes, como poco merecedores del respeto de todo un país. A esos chicos que fueron a pasar frío y hambre, frente a enemigos doblemente preparados y equipados; a sufrir los robos y torturas de sus mismos superiores. Y es que aquella guerra, decidida entre whiskies por el general Leopoldo Galtieri -quien necesitaba reivindicarse en el poder, luego de tomarlo por asalto mediante un golpe de Estado- fue mucho más que un cruce por tierras: fue la más clara muestra de los perversos límites cruzados por la humanidad.

Créditos a quien corresponda.

Enviados como carnada, también debieron enfrentar la crueldad de Margaret Thatcher, una líder que también fue motivada a este desalmado acto por tener su gestión contra las cuerdas. Tanto que no le tembló el pulso para dar la órden de, además de lo ya sangriento del contexto, hundir el general ARA Belgrano, que se encontraba navegando en dirección contraria a las islas, en zona de exclusión, y se llevó con sus bombas la vida de 323 argentinos. Desde San Nicolás, una de las ciudades que perdió a jóvenes vidas en el hundimiento del Belgrano, escribo estas líneas. Claudio Grimoldi, Héctor Mendieta, Ricardo Meraviglia, Víctor Pallares, Martín Ricarte, José Sosa, Soriano Sotelo, Miguel Velázquez y Hugo Moreto forman parte de esa lista de compatriotas cuya memoria sigue anclada en estas calles que hoy se visten de celebraciones, rumbo a la Plaza Mitre. Intento imaginar -sin éxito- qué tiene que pasar por la cabeza de alguien para sentir orgullo por semejante atrocidad. “Yo sé que hice lo correcto, que era hundir el ARA Belgrano, y lo volvería a hacer”, dijo la Dama de Hierro, años después, sin una gota de arrepentimiento. Resistimos, y lo volvemos a hacer.

Por eso y mucho más, que Argentina haya triunfado frente a Inglaterra en esta Copa del Mundo es más que el pase a la final, es más que un triunfo y un gran despliegue futbolístico. Es incluso más que una nueva oportunidad para que Lionel Messi se retire a lo grande con sus colores. Es un acto de memoria -que debe contrastarse también con la vida jurídica y estatal, claro está- que nos encuentra nuevamente como argentinos gritando desde nuestros corazones que este país siempre tiene resto para más, que quienes pusieron el pecho y ofrendaron la vida por nuestros colores merecen ser recordados en cada aliento, en cada cántico; acá, en Atlanta, en las Islas y en la China.

En la previa del encuentro, un operativo coordinado entre el Gobierno argentino, la FIFA y el FBI restringió el ingreso de camisetas, banderas y otros elementos con el reclamo soberano. Quizás por eso, cuando terminó el partido y Leandro Paredes fue consultado por la bandera con las Islas Malvinas desplegada por los jugadores durante los festejos, respondió con una naturalidad que resume décadas de historia y sentir: «Y serán siempre argentinas». No hacía falta agregar mucho más. 

Aquel grito del Diego, recordando a nuestros pibes, nos recuerda 40 años después que Malvinas sigue siendo una herida abierta. Eternamente vive quien muere por la Patria. Y hoy, más que nunca viven en cada alegría en los hogares de 47 millones de argentinos.

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